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30/11/09

¿ QUE ES DIOS ?






He visto una madre junto a la cuna; por eso sé lo que es el amor.


He mirado a los ojos de un niño; por eso sé lo que es la fe.

He observado a un arco iris; por eso sé lo que es la belleza.

He sentido los golpes del mar; por eso sé lo que es el poder.

He sembrado un árbol; por eso sé lo que es la esperanza.

He oído un pájaro silvestre cantar; por eso sé lo que es la libertad.

He visto una oruga abrirse a la vida; por eso sé lo que son los misterios.

He perdido a un amigo; por eso sé lo que es la tristeza.

He peleado y matado en la guerra; por eso sé lo que es el infierno.

He visto el cielo lleno de estrellas; por eso sé lo que es el infinito.

He visto y sentido todas estas cosas; por eso sé lo que es Dios.

29/11/09

LO QUE ENTREGAMOS, RECIBIMOS






Lo que damos a los que nos rodean regresa a nosotros.

Su nombre era Fleming y él era un pobre agricultor inglés.

Un día, mientras trataba de ganarse la vida para su familia, escuchó a alguien pidiendo ayuda desde un pantano cercano.


Inmediatamente soltó sus herramientas y corrió hacia el pantano.

Allí, enterrado hasta la cintura en el lodo negro, estaba un niño aterrorizado, gritando y luchando tratando de liberarse del lodo.

El agricultor Fleming salvó al niño de lo que pudo ser una muerte lenta y terrible.
El siguiente día, un carruaje muy pomposo llegó hasta los predios del agricultor inglés.
Un noble inglés, elegantemente vestido, se bajó del vehículo y se presentó a sí mismo como el padre del niño que Fleming había salvado.


Yo quiero recompensarlo, dijo el noble inglés. Usted salvó la vida de mi hijo.
No, yo no puedo aceptar una recompensa por lo que hice, respondió el agricultor inglés, rechazando la oferta.


En ese momento el propio hijo del agricultor salió a la puerta de la casa de la familia.

-¿Es ese su hijo? preguntó el noble inglés.

-Sí -, respondió el agricultor lleno de orgullo.

-Le voy a proponer un trato.

- Déjeme llevarme a su hijo y ofrecerle una buena educación.

Si él es parecido a su padre crecerá hasta convertirse en un hombre del cuál usted estará muy orgulloso.

El agricultor aceptó.

Con el paso del tiempo, el hijo de Fleming el agricultor se graduó de la Escuela de Medicina de St. Mary' s Hospital en Londres, y se convirtió en un personaje conocido a través del mundo, el notorio Sir Alexander Fleming, el descubridor de la Penicilina.


Algunos años después, el hijo del noble inglés, cayó enfermo de pulmonía.

¿Que lo salvó? La Penicilina.

¿El nombre del noble inglés? Randolph Churchill.

¿El nombre de su hijo? Sir Winston Churchill.

Alguien dijo una vez: Siempre recibimos a cambio lo mismo que ofrecemos.

Trabaja como si no necesitaras el dinero.

Ama como si nunca te hubieran herido.

Baila como si nadie te estuviera mirando.

27/11/09

METER EL DIABLO EN EL INFIERNO







En la ciudad de Cafsa, en Berbería, hubo hace tiempo un hombre riquísimo que, entre otros hijos, tenía una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, no siendo cristiana y oyendo a muchos cristianos que en la ciudad había alabar mucho la fe cristiana y el servicio de Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso que servían mejor a Dios aquellos que más huían de las cosas del mundo, como hacían quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se habían retirado.


La joven, que simplicísima era y de edad de unos catorce años, no por consciente deseo sino por un impulso pueril, sin decir nada a nadie, a la mañana siguiente hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se encaminó; y con gran trabajo suyo, continuando sus deseos, después de algunos días a aquellas soledades llegó, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un santo varón encontró en la puerta, el cual, maravillándose de verla allí, le preguntó qué es lo que andaba buscando. La cual repuso que, inspirada por Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y también quién le enseñara cómo se le debía servir. El honrado varón, viéndola joven y muy hermosa, temiendo que el demonio, si la retenía, lo engañara, le alabó su buena disposición y, dándole de comer algunas raíces de hierbas y frutas silvestres y dátiles, y agua a beber, le dijo:


-Hija mía, no muy lejos de aquí hay un santo varón que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: irás a él.



Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él y oídas de éste estas mismas palabras, yendo más adelante, llegó a la celda de un ermitaño joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era Rústico, y la petición le hizo que a los otros les había hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte prueba, no como los demás la mandó irse, o seguir más adelante, sino que la retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Hecho esto, no tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de éste, el cual, encontrándose muy engañado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvió las espaldas y se entregó como vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos y las oraciones y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud y la hermosura de ésta comenzó, y además de esto, a pensar en qué vía y en qué modo debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que él, como hombre disoluto, quería llegar a aquello que deseaba de ella.



Y probando primero con ciertas preguntas que no había nunca conocido a hombre averiguó, y que tan simple era como parecía, por lo que pensó cómo, bajo especie de servir a Dios, debía traerla a su voluntad. Y primeramente con muchas palabras le mostró cuán enemigo de Nuestro Señor era el diablo, y luego le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor lo había condenado. La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello; Rústico le dijo:



-Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer. Y empezó a desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y se quedó completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a guisa de quien rezar quisiese y contra él la hizo ponerse a ella. Y estando así, sintiéndose Rústico más que nunca inflamado en su deseo al verla tan hermosa, sucedió la resurrección de la carne; y mirándola Alibech, y maravillándose, dijo:



-Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale hacia afuera y yo no la tengo?



-Oh, hija mía -dijo Rústico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa grandísima molestia, tanto que apenas puedo soportarlo.



Entonces dijo la joven:



-Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que no tengo yo ese diablo.



Dijo Rústico:



-Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar de esto.



Dijo Alibech:



-¿El qué?



Rústico le dijo:



-Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aquí para la salvación de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si tú quieres tener de mí tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me darás a mí grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.



La joven, de buena fe, repuso:



-Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis.



Dijo entonces Rústico:



-Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo, que luego me deje estar tranquilo.



Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios. La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún diablo, la primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico:



-Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro.



Dijo Rústico:



-Hija, no sucederá siempre así.



Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen de la yacija lo metieron allí, tanto que por aquella vez le arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se quedó tranquilo. Pero volviéndole luego muchas veces en el tiempo que siguió, y disponiéndose la joven siempre obediente a quitársela, sucedió que el juego comenzó a gustarle, y comenzó a decir a Rústico:



-Bien veo que la verdad decían aquellos sabios hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.



Por la cual cosa, muchas veces iba a Rústico y le decía:



-Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno.



Haciendo lo cual, decía alguna vez:



-Rústico, no sé por qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría nunca.



Así, tan frecuentemente invitando la joven a Rústico y consolándolo al servicio de Dios, tanto le había quitado la lana del jubón que en tales ocasiones sentía frío en que otro hubiera sudado; y por ello comenzó a decir a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno más que cuando él, por soberbia, levantase la cabeza:



-Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz.



Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día:



-Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.



Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder tranquilizar al infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de Alibech había, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuestión, sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el padre de Alibech con cuantos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa Alibech de todos sus bienes quedó heredera. Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que ésta estaba viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que habían sido del padre, como de hombre muerto sin herederos, con gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero preguntándole las mujeres que en qué servía a Dios en el desierto, no habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio. Las mujeres preguntaron:



-¿Cómo se mete al diablo en el infierno?



La joven, entre palabras y gestos, se los mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:



-No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.



Luego, diciéndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía se oye. Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse.



FIN

Giovanni Boccaccio

26/11/09

LOS MEJORES AMIGOS





Hubo una vez dos mejores amigos. Ellos eran inseparables, eran una sola alma. Por alguna razón sus caminos tomaron dos rumbos distintos y se separaron.


Yo nunca volví a saber de mi amigo hasta el día de ayer, después de 10 años, que caminando por la calle me encontré a su madre. La saludé y le pregunté por mi amigo.


En ese momento sus ojos se llenaron de lágrimas y me miró a los ojos diciendo: murió ayer.... No supe qué decir, ella me seguía mirando y pregunté cómo había muerto.


Ella me invitó a su casa, al llegar allí me ofreció sentarme en la sala vieja donde pasé gran parte de mi vida, siempre jugábamos ahí mi amigo y yo. Me senté y ella comenzó a contarme la triste historia. Hace 2 años le diagnosticaron una rara enfermedad, y su cura era recibir cada mes una transfusión de sangre durante 3 meses, pero ¿recuerdas que su sangre era muy rara?, sí, lo sé, igual que la tuya....


Estuvimos buscando donadores y al fin encontramos a un señor vagabundo.

Tu amigo, como te acordarás, era muy testarudo, no quiso recibir la sangre del vagabundo. Él decía que de la única persona que recibiría sangre sería de ti, pero no quiso que te buscáramos, él decía todas las noches: no lo busquen, estoy seguro que mañana si vendrá....


Así pasaron los meses, y todas las noches se sentaba en esa misma silla donde estás tú sentado y rezaba para que te acordaras de él y vinieras a la mañana siguiente. Así acabó su vida y en la última noche de su vida, estaba muy mal, y sonriendo me dijo: madre mía, yo sé que pronto mi amigo vendrá, pregúntale por qué tardó tanto y dale esa nota que está en mi cajón.


La señora se levantó, regresó y me entregó la nota que decía:


Amigo mío, sabía que vendrías, tardaste un poco pero no importa, loimportante es que viniste. Ahora te estoy esperando en otro sitio espero que tardes en llegar, pero mientras tanto quiero decirte que todas las noches rezaré por ti y desde el cielo te estaré cuidando mi querido mejor amigo. ¡Ah, por cierto, ¿te acuerdas por qué nos distanciamos? sí, fue porque no te quise prestar mi pelota nueva, jaja, qué tiempos.... éramos insoportables, bueno pues quiero decirte que te la regalo y espero que te guste mucho.


Te quiere mucho: tu amigo por siempre.


"No dejes que tu orgullo pueda más que tú corazón...
La amistad es como el mar, se ve el principio pero no el final"

25/11/09

LAS TRES PIPAS




Una vez un miembro de la tribu se presentó furioso ante su jefe para informarle que estaba decidido a tomar venganza de un enemigo que lo había ofendido gravemente.

Quería ir inmediatamente y matarlo sin piedad. El jefe lo escuchó atentamente y luego le propuso que fuera a hacer lo que tenía pensado, pero antes de hacerlo llenara su pipa de tabaco y la fumara con calma al pie del árbol sagrado del pueblo.

El hombre cargó su pipa y fue a sentarse bajo la copa del gran árbol. Tardó una hora en terminar la pipa. Luego sacudió las cenizas y decidió volver a hablar con el jefe para decirle que lo había pensado mejor, que era excesivo matar a su enemigo pero que sí le daría una paliza memorable para que nunca se olvidara de la ofensa.

Nuevamente el anciano lo escuchó y aprobó su decisión, pero le ordenó que ya que había cambiado de parecer, llenara otra vez la pipa y fuera a fumarla al mismo lugar. También esta vez el hombre cumplió su encargo y gastó media hora meditando.

Después regresó a donde estaba el cacique y le dijo que consideraba excesivo castigar físicamente a su enemigo, pero que iría a echarle en cara su mala acción y le haría pasar vergüenza delante de todos.

Como siempre, fue escuchado con bondad pero el anciano volvió a ordenarle que repitiera su meditación como lo había hecho las veces anteriores. El hombre medio molesto pero ya mucho más sereno se dirigió al árbol centenario y allí sentado fue convirtiendo en humo, su tabaco y su problema.

Cuando terminó, volvió al jefe y le dijo: "Pensándolo mejor veo que la cosa no es para tanto. Iré donde me espera mi agresor para darle un abrazo. Así recuperaré un amigo que seguramente se arrepentirá de lo que ha hecho".



El jefe le regaló dos cargas de tabaco para que fueran a fumar juntos al pie del árbol, diciéndole: "Eso es precisamente lo que tenía que pedirte, pero no podía decírtelo yo; era necesario darte tiempo para que lo descubrieras tú mismo".

24/11/09

LUZ PARA EL CAMINO





Había una vez, hace cientos de años, en una ciudad de Oriente, un hombre que una noche caminaba por las oscuras calles llevando una lámpara de aceite encendida.
La ciudad era muy oscura en las noches sin luna como aquella.

En determinado momento, se encuentra con un amigo. El amigo lo mira y de pronto lo reconoce.

Se da cuenta de que es Guno, el ciego del pueblo. Entonces, le dice:
- ¿Qué haces Guno, tú ciego, con una lámpara en la mano? Si tú no ves...

Entonces, el ciego le responde:
- Yo no llevo la lámpara para ver mi camino. Yo conozco la oscuridad de las calles de memoria. Llevo la luz para que otros encuentren su camino cuando me vean a mi...

- No solo es importante la luz que me sirve a mí, sino también la que yo uso para que otros puedan también servirse de ella.

Cada uno de nosotros puede alumbrar el camino para uno y para que sea visto por otros, aunque uno aparentemente no lo necesite.

Alumbrar el camino de los otros no es tarea fácil...Muchas veces en vez de alumbrar oscurecemos mucho más el camino de los demás...¿Cómo? A través del desaliento, la crítica, el egoísmo, el desamor, el odio, el resentimiento...

¡Qué hermoso sería sí todos ilumináramos los caminos de los demás!

20/11/09

EPOCA DE CAZA...






Hace mucho tiempo me contaron esta historia...




La de tres amigos que tenían el hobbie de la caza mayor, en especial la del ciervo...



Esperaron la época de caza, se dirigieron a la zona respectiva y contrataron una avioneta para ir al paraje, en donde habitualmente se hallan los ciervos...



El aviador les hizo la advertencia, que por el tamaño de los ciervos la nave solo podría soportar una sola pieza...



Ya en el lugar, y al cabo de un tiempo lograron cazar dos piezas de grandes dimensiones...



Nuevamente el aviador les recordó la advertencia...



Luego de una larga conversación lograron persuadir al aviador que la aeronave podía aguantar el peso de las dos piezas obtenidas...



A poco de comenzar el viaje de retorno... la estabilidad de la aeronave se hizo insostenible y sucumbió;



Se produjo el accidente... falleciendo el conductor y uno de los cazadores, los otros dos salieron despedidos...



Al cabo de un tiempo, uno se encontraba sentado en una piedra, jugando a hacer garabatos en la tierra...



Y el otro comenzaba a despertarse de los golpes recibidos...



--Le preguntó a su amigo... ¿Dónde estamos?



__Su amigo le respondió...



EN EL MISMO LUGAR DEL AÑO PASADO...



1. ¿Valoramos nuestros errores?



2. ¿Por qué volvemos a cometer los mismos errores?



3. ¿Tenemos presente alguna vez la EXPERIENCIA"



4. Las respuestas las tienen cada uno de ustedes...

19/11/09

EL CARDO




El sol caía a plomo sobre la pampa, calcinando la tierra. Los pastos habían desaparecido y los árboles resecos mostraban sus ramas desnudas y pardas cubiertas con el polvo gris que se levantaba del suelo.



Los pocos animales que quedaban, escuálidos y desganados, hundían sus hocicos donde creían encontrar el suelo húmedo o se echaban sin exhalar un quejido, pues ya no les quedaban fuerzas ni para eso.



Se hicieron muchas rogativas, pero el huenu se negaba a enviar el agua bienhechora.



En la tribu del gulmén Huiltrú reinaba la desesperación y la muerte. Los nativos no recordaban haber pasado jamás una sequía semejante.



Varios pobladores de la aldea habían tratado de alejarse en busca de algún lugar donde no faltara el agua, pero fue en vano. Debieron volver porque en mucha distancia a la redonda el panorama era aún más desolador.



Gulmén Huiltrú decidió realizar esa mañana el hillatrún, la fiesta que se celebraba cada dos años para rogar por el bienestar del pueblo, y que aunque no correspondía, dado el tiempo transcurrido desde que se realizara la última, era necesario efectuar a fin de que los ruegos fueran escuchados por los espíritus bienhechores.



Toda la tribu acogió la idea con vivas muestras de satisfacción, y de inmediato comenzaron los preparativos.



Se improvisó la capilla en medio del campo. Allí se depositaron las más variadas imágenes a quienes se dedicaba el huillatrún.



Buscaron luego un indiecito y una indiecita de ocho años más o menos, a los que pintaron los rostros con celeste y blanco, dándoles un aspecto original y llamativo. Así debía ser, pues estaban destinados a ser los ídolos de la fiesta.



Ellos, con su inocencia, eran los encargados de interceder entre los indígenas y los espíritus a quienes iban dirigidos los ruegos.



Se oyó a lo lejos el redoble de un cultrún. Un grupo de gente se acercaba encabezado por el machi más anciano de la tribu, que era quien ejecutaba el redoble monótono e interminable.



Llegó el grupo a la capilla improvisada. y allí, de pie, rogaron todos por el perdón de las malas acciones cometidas y pidieron con toda unción el agua bienhechora que los salvara de la muerte.



Después de pasado un tiempo bastante largo se hizo una pausa para dar oportunidad de descansar a los que realizaban las rogativas, pausa que aprovecharon no sólo para reposar sino para beber pulcu de. manzana y para comer carne de guanaco.



Varios descansos como este realizaron durante la mañana y todos con la misma finalidad.



A mediodía se dio por terminada la ceremonia.



Esa noche, mientras una suave brisa refrescaba el ambiente caldeado e insoportable, volvió el machi a invocar a los dioses haciendo conjuros para expulsar a Huecuvú, que era, sin duda, el culpable de los sinsabores y las desgracias que los habían alcanzado.



Los animales, extenuados, que se tiraban en el campo reseco y endurecido, no se volvían a levantar. Víctimas de una completa inanición, se dejaban morir...



Los hombres, vencidos por el calor y la fatiga, se echaban sobre la tierra desnuda, de la que se desprendía un calor de infierno.



El hechicero no dejaba de invocar a los dioses tutelares, previendo, con toda razón, que si una lluvia abundante no caía sobre la región; el fin de todos estaría muy próximo.



Después de medianoche, cuando el lucero del alba se hizo visible a sus ojos cansados, lanzó un grito de júbilo. El Espíritu del Agua, sensible a sus ruegos, se hizo presente y prometió. acceder a las súplicas de la tribu. Enviaría la tan esperada lluvia... Pero a cambio de un sacrificio que exigía.

No había sacrificio que los indígenas no estuvieran dispuestos a realizar a cambio del agua, que era para ellos esperanza de vida.



Sin embargo, no creyeron que las exigencias del Espíritu del Agua fueran tan terribles.



El hechicero, consciente de la magnitud de la demanda, repitió apesadumbrado las duras palabras del Genio de las Aguas:

-La más hermosa de las doncellas deberá acompañarme a las regiones ignotas del más allá, donde sólo tienen cabida las almas de los mortales. Para que su transformación sea posible, toma este líquido. El será el encargado de quitarle la vida permitiendo al alma desprenderse de él y volar al Alhué Mapú.



Consternados escucharon los indígenas y un murmullo de asombro acompañó las últimas palabras del machi. No cabía la menor duda: la doncella más hermosa era Rayen, la hija preferida del cacique.



Temerosos pronunciaron su nombre:

-Rayen. .. Rayen...



El cacique nada dijo. Oyó imperturbable la sentencia. Su hermosa hija, presente en ese momento, se adelantó y acercándose al hechicero, le pidió:

-Dame, Curá... El veneno ha sido destinado para mí y yo me siento orgullosa de sacrificar mi vida por salvar la de mi padre y la de mi pueblo.



El cacique, desesperado al tener que perder a su hija predilecta, a cambio de la salvación de la tribu, con gesto rebelde y palabra amarga, mirando a los astros, se quejó:

-¿Por qué para conseguir la vida de unos, es necesario el sacrificio de la vida de otros?



Para conformarlo, el hechicero le respondió:

-Mi señor, los mandatos del Genio del Agua deben ser cumplidos sin protestas si no queremos que su venganza recaiga sobre todos. Pensad en vuestro pueblo, señor...



-En él pienso... Pero también pienso que para que mi pueblo se salve, debo sacrificar a mi hija, a quien no hay otra doncella que iguale en belleza ni la aventaje en bondad. ¡Yo no puedo sacrificar a mi hija!



Rayen, que sin que su padre lo notara había oído sus desconsoladas palabras, se acercó a él y acariciando su cabeza vencida por el dolor lo conformó:

-No te doblegue la pena, padre mío. Bello destino es el de mi vida si con ella logro salvar a mis hermanos. A ellos la ofrezco. A ellos y a ti, para quien deseo una existencia muy larga dedicada al bien y a la felicidad de tu pueblo al que gobiernas con tanta bondad y justicia.



Y sin que su padre pudiera evitarlo acercó a sus labios el recipiente que le entregara el machi, y de un sorbo, apuró el contenido.



-¿Has visto padre? Fue fácil y ya está. Que mi sacrificio sea la felicidad de los míos...



- Dio unos pasos por el campo seco y a poco cayó sin vida.



El cacique dio un grito y los que lo rodeaban bajaron la cabeza impresionados por tanto dolor.



La aurora, que había comenzado a teñir el cielo por oriente de rosado y añil, se vio interrumpida en su tarea de distribuir luz y colores por negros nubarrones que cubrieron el firmamento.



Un trueno resonó a lo lejos, acompañado de agudas lenguas de fuego que parecían hendir las nubes.



Desde ese momento no cesaron los truenos ensordecedores y los relámpagos impresionantes. Cayeron grandes gotas que desaparecían al instante absorbidas con ansias por la tierra reseca.



Resonó un trueno más fuerte que los otros y una cortina de agua unió, al instante, el cielo con la tierra. Una lluvia copiosa y refrescante no cesó de caer. Ávidos bebían los indígenas, y en un arranque de exaltación y de locura corrían bajo el agua hasta empaparse, mientras destemplados gritos de júbilo saludaban la llegada del agua salvadora.



Cuando la tormenta amainó, la tierra mojada prometía vida y bienestar.



El cacique, entonces, queriendo dar un último abrazo al cuerpo exánime de su hija, corrió al lugar donde cayera... pero no la halló.



Rayen había desaparecido.



En el lugar donde la bella y valiente hija del cacique, había exhalado su último suspiro, una planta nueva, espinosa, elevaba sus hojas verdegrisáceas sobre la superficie.



Entre ellas surgían unas hermosas flores azules que guardaban en su tallo el agua que tanto había costado conseguir.



Así nació el cardo.



Esta planta previsora guarda en su seno el agua vivificante que la ayuda a sobrevivir y que se ofrece al ganado cuando la sequía devasta los campos, la hierba desaparece y las llanuras desoladas son un páramo donde la vida se extingue.



Y vuelve así a repetirse el sorprendente milagro por el que inmoló su vida la hermosa y

abnegada hija del cacique Huiltrú.





LEYENDA ARAUCANA

VOCABULARIO


HUENU: Cielo
GULMÉN: Cacique
HUILTRÚ: Caldén
HUECUVÚ: Demonio
ALHUÉ MAPÚ: País de los muertos
CULTRÚN: Tambor
RAYEN: Flor
PULCU: Chicha. Bebida fermentada
CURÁ: Piedra
MACHI: Hechicero, curandero




 

18/11/09

LA CARTA ROBADA: Edgar Allan Poe




Me hallaba en París en el otoño de 18... Una noche, después de una tarde ventosa, gozaba del doble placer de la meditación y de una pipa de espuma de mar, en compañía de mi amigo C. Auguste Dupin, en su pequeña biblioteca o gabinete de estudios del n.° 33, rue Dunot, au troisième, Faubourg Saint-Germain. Llevábamos más de una hora en profundo silencio, y cualquier observador casual nos hubiera creído exclusiva y profundamente dedicados a estudiar las onduladas capas de humo que llenaban la atmósfera de la sala. Por mi parte, me había entregado a la discusión mental de ciertos tópicos sobre los cuales habíamos departido al comienzo de la velada; me refiero al caso de la rue Morgue y al misterio del asesinato de Marie Rogêt. No dejé de pensar, pues, en una coincidencia, cuando vi abrirse la puerta para dejar paso a nuestro viejo conocido G..., el prefecto de la policía de París.


Lo recibimos cordialmente, pues en aquel hombre había tanto de despreciable como de divertido, y llevábamos varios años sin verlo. Como habíamos estado sentados en la oscuridad, Dupin se levantó para encender una lámpara, pero volvió a su asiento sin hacerlo cuando G... nos hizo saber que venía a consultarnos, o, mejor dicho, a pedir la opinión de mi amigo sobre cierto asunto oficial que lo preocupaba grandemente.


-Si se trata de algo que requiere reflexión -observó Dupin, absteniéndose de dar fuego a la mecha- será mejor examinarlo en la oscuridad.


-He aquí una de sus ideas raras -dijo el prefecto, para quien todo lo que excedía su comprensión era «raro», por lo cual vivía rodeado de una verdadera legión de «rarezas».



-Muy cierto -repuso Dupin, entregando una pipa a nuestro visitante y ofreciéndole un confortable asiento.

-¿Y cuál es la dificultad? -pregunté-. Espero que no sea otro asesinato.


-¡Oh, no, nada de eso! Por cierto que es un asunto muy sencillo y no dudo de que podremos resolverlo perfectamente bien por nuestra cuenta; de todos modos pensé que a Dupin le gustaría conocer los detalles, puesto que es un caso muy raro.



-Sencillo y raro -dijo Dupin.

-Justamente. Pero tampoco es completamente eso. A decir verdad, todos estamos bastante confundidos, ya que la cosa es sencillísima y, sin embargo, nos deja perplejos.

-Quizá lo que los induce a error sea precisamente la sencillez del asunto -observó mi amigo.

-¡Qué absurdos dice usted! -repuso el prefecto, riendo a carcajadas.

-Quizá el misterio es un poco demasiado sencillo -dijo Dupin.

-¡Oh, Dios mío! ¿Cómo se le puede ocurrir semejante idea?

-Un poco demasiado evidente.

-¡Ja, ja! ¡Oh, oh! -reía el prefecto, divertido hasta más no poder-. Dupin, usted acabará por hacerme morir de risa.

-Veamos, ¿de qué se trata? -pregunté.

-Pues bien, voy a decírselo -repuso el prefecto, aspirando profundamente una bocanada de humo e instalándose en un sillón-. Puedo explicarlo en pocas palabras, pero antes debo advertirles que el asunto exige el mayor secreto, pues si se supiera que lo he confiado a otras personas podría costarme mi actual posición.

-Hable usted -dije.

-O no hable -dijo Dupin.

-Está bien. He sido informado personalmente, por alguien que ocupa un altísimo puesto, de que cierto documento de la mayor importancia ha sido robado en las cámaras reales. Se sabe quién es la persona que lo ha robado, pues fue vista cuando se apoderaba de él. También se sabe que el documento continúa en su poder.

-¿Cómo se sabe eso? -preguntó Dupin.

-Se deduce claramente -repuso el prefecto- de la naturaleza del documento y de que no se hayan producido ciertas consecuencias que tendrían lugar inmediatamente después que aquél pasara a otras manos; vale decir, en caso de que fuera empleado en la forma en que el ladrón ha de pretender hacerlo al final.

-Sea un poco más explícito -dije.

-Pues bien, puedo afirmar que dicho papel da a su poseedor cierto poder en cierto lugar donde dicho poder es inmensamente valioso.

El prefecto estaba encantado de su jerga diplomática.

-Pues sigo sin entender nada -dijo Dupin.

-¿No? Veamos: la presentación del documento a una tercera persona que no nombraremos pondría sobre el tapete el honor de un personaje de las más altas esferas y ello da al poseedor del documento un dominio sobre el ilustre personaje cuyo honor y tranquilidad se ven de tal modo amenazados.

-Pero ese dominio -interrumpí- dependerá de que el ladrón supiera que dicho personaje lo conoce como tal. ¿Y quién osaría...?

-El ladrón -dijo G...- es el ministro D..., que se atreve a todo, tanto en lo que es digno como lo que es indigno de un hombre. La forma en que cometió el robo es tan ingeniosa como audaz. El documento en cuestión -una carta, para ser francos- fue recibido por la persona robada mientras se hallaba a solas en el boudoir real. Mientras la leía, se vio repentinamente interrumpida por la entrada de la otra eminente persona, a la cual la primera deseaba ocultar especialmente la carta. Después de una apresurada y vana tentativa de esconderla en un cajón, debió dejarla, abierta como estaba, sobre una mesa. Como el sobrescrito había quedado hacia arriba y no se veía el contenido, la carta podía pasar sin ser vista. Pero en ese momento aparece el ministro D... Sus ojos de lince perciben inmediatamente el papel, reconoce la escritura del sobrescrito, observa la confusión de la persona en cuestión y adivina su secreto. Luego de tratar algunos asuntos en la forma expeditiva que le es usual, extrae una carta parecida a la que nos ocupa, la abre, finge leerla y la coloca luego exactamente al lado de la otra. Vuelve entonces a departir sobre las cuestiones públicas durante un cuarto de hora. Se levanta, finalmente, y, al despedirse, toma la carta que no le pertenece. La persona robada ve la maniobra, pero no se atreve a llamarle la atención en presencia de la tercera, que no se mueve de su lado. El ministro se marcha, dejando sobre la mesa la otra carta sin importancia.

-Pues bien -dijo Dupin, dirigiéndose a mí-, ahí tiene usted lo que se requería para que el dominio del ladrón fuera completo: éste sabe que la persona robada lo conoce como el ladrón.

-En efecto -dijo el prefecto-, y el poder así obtenido ha sido usado en estos últimos meses para fines políticos, hasta un punto sumamente peligroso. La persona robada está cada vez más convencida de la necesidad de recobrar su carta. Pero, claro está, una cosa así no puede hacerse abiertamente. Por fin, arrastrada por la desesperación, dicha persona me ha encargado de la tarea.

-Para la cual -dijo Dupin, envuelto en un perfecto torbellino de humo- no podía haberse deseado, o siquiera imaginado, agente más sagaz.

-Me halaga usted -repuso el prefecto-, pero no es imposible que, en efecto, se tenga de mi tal opinión.

-Como hace usted notar -dije-, es evidente que la carta sigue en posesión del ministro, pues lo que le confiere su poder es dicha posesión y no su empleo. Apenas empleada la carta, el poder cesaría.

Muy cierto -convino G...-. Mis pesquisas se basan en esa convicción. Lo primero que hice fue registrar cuidadosamente la mansión del ministro, aunque la mayor dificultad residía en evitar que llegara a enterarse. Se me ha prevenido que, por sobre todo, debo impedir que sospeche nuestras intenciones, lo cual sería muy peligroso.

-Pero usted tiene todas las facilidades para ese tipo de investigaciones -dije-. No es la primera vez que la policía parisiense las practica.

-¡Oh, naturalmente! Por eso no me preocupé demasiado. Las costumbres del ministro me daban, además, una gran ventaja. Con frecuencia pasa la noche fuera de su casa. Los sirvientes no son muchos y duermen alejados de los aposentos de su amo; como casi todos son napolitanos, es muy fácil inducirlos a beber copiosamente. Bien saben ustedes que poseo llaves con las cuales puedo abrir cualquier habitación de París. Durante estos tres meses no ha pasado una noche sin que me dedicara personalmente a registrar la casa de D... Mi honor está en juego y, para confiarles un gran secreto, la recompensa prometida es enorme. Por eso no abandoné la búsqueda hasta no tener seguridad completa de que el ladrón es más astuto que yo. Estoy seguro de haber mirado en cada rincón posible de la casa donde la carta podría haber sido escondida.

-¿No sería posible -pregunté- que si bien la carta se halla en posesión del ministro, como parece incuestionable, éste la haya escondido en otra parte que en su casa?

-Es muy poco probable -dijo Dupin-. El especial giro de los asuntos actuales en la corte, y especialmente de las intrigas en las cuales se halla envuelto D..., exigen que el documento esté a mano y que pueda ser exhibido en cualquier momento; esto último es tan importante como el hecho mismo de su posesión.

-¿Que el documento pueda ser exhibido? -pregunte.

-Si lo prefiere, que pueda ser destruido -dijo Dupin.

-Pues bien -convine-, el papel tiene entonces que estar en la casa. Supongo que podemos descartar toda idea de que el ministro lo lleve consigo.

-Por supuesto -dijo el prefecto-. He mandado detenerlo dos veces por falsos salteadores de caminos y he visto personalmente cómo le registraban.

-Pudo usted ahorrarse esa molestia -dijo Dupin-. Supongo que D... no es completamente loco y que ha debido prever esos falsos asaltos como una consecuencia lógica.

-No es completamente loco -dijo G...-, pero es un poeta, lo que en mi opinión viene a ser más o menos lo mismo.

-Cierto -dijo Dupin, después de aspirar una profunda bocanada de su pipa de espuma de mar-, aunque, por mi parte, me confieso culpable de algunas malas rimas.

-¿Por qué no nos da detalles de su requisición? -pregunté.

-Pues bien; como disponíamos del tiempo necesario, buscamos en todas partes. Tengo una larga experiencia en estos casos. Revisé íntegramente la mansión, cuarto por cuarto, dedicando las noches de toda una semana a cada aposento. Primero examiné el moblaje. Abrimos todos los cajones; supongo que no ignoran ustedes que, para un agente de policía bien adiestrado, no hay cajón secreto que pueda escapársele. En una búsqueda de esta especie, el hombre que deja sin ver un cajón secreto es un imbécil. ¡Son tan evidentes! En cada mueble hay una cierta masa, un cierto espacio que debe ser explicado. Para eso tenemos reglas muy precisas. No se nos escaparía ni la quincuagésima parte de una línea.

»Terminada la inspección de armarios pasamos a las sillas. Atravesamos los almohadones con esas largas y finas agujas que me han visto ustedes emplear. Levantamos las tablas de las mesas.»

-¿Porqué?

-Con frecuencia, la persona que desea esconder algo levanta la tapa de una mesa o de un mueble similar, hace un orificio en cada una de las patas, esconde el objeto en cuestión y vuelve a poner la tabla en su sitio. Lo mismo suele hacerse en las cabeceras y postes de las camas.

-Pero, ¿no puede localizarse la cavidad por el sonido? -pregunté.

-De ninguna manera si, luego de haberse depositado el objeto, se lo rodea con una capa de algodón. Además, en este caso estábamos forzados a proceder sin hacer ruido.

-Pero es imposible que hayan ustedes revisado y desarmado todos los muebles donde pudo ser escondida la carta en la forma que menciona. Una carta puede ser reducida a un delgadísimo rollo, casi igual en volumen al de una aguja larga de tejer, y en esa forma se la puede insertar, por ejemplo, en el travesaño de una silla. ¿Supongo que no desarmaron todas las sillas?

-Por supuesto que no, pero hicimos algo mejor: examinamos los travesaños de todas las sillas de la casa y las junturas de todos los muebles con ayuda de un poderoso microscopio. Si hubiera habido la menor señal de un reciente cambio, no habríamos dejado de advertirlo instantáneamente. Un simple grano de polvo producido por un barreno nos hubiera saltado a los ojos como si fuera una manzana. La menor diferencia en la encoladura, la más mínima apertura en los ensamblajes, hubiera bastado para orientarnos.

-Supongo que miraron en los espejos, entre los marcos y el cristal, y que examinaron las camas y la ropa de la cama, así como los cortinados y alfombras.

-Naturalmente, y luego que hubimos revisado todo el moblaje en la misma forma minuciosa, pasamos a la casa misma. Dividimos su superficie en compartimentos que numeramos, a fin de que no se nos escapara ninguno; luego escrutamos cada pulgada cuadrada, incluyendo las dos casas adyacentes, siempre ayudados por el microscopio.

-¿Las dos casas adyacentes? -exclamé-. ¡Habrán tenido toda clase de dificultades!

-Sí. Pero la recompensa ofrecida es enorme.

-¿Incluían ustedes el terreno contiguo a las casas?

-Dicho terreno está pavimentado con ladrillos. No nos dio demasiado trabajo comparativamente, pues examinamos el musgo entre los ladrillos y lo encontramos intacto.

-¿Miraron entre los papeles de D..., naturalmente, y en los libros de la biblioteca?

-Claro está. Abrimos todos los paquetes, y no sólo examinamos cada libro, sino que lo hojeamos cuidadosamente, sin conformarnos con una mera sacudida, como suelen hacerlo nuestros oficiales de policía. Medimos asimismo el espesor de cada encuadernación, escrutándola luego de la manera más detallada con el microscopio. Si se hubiera insertado un papel en una de esas encuadernaciones, resultaría imposible que pasara inadvertido. Cinco o seis volúmenes que salían de manos del encuadernador fueron probados longitudinalmente con las agujas.

-¿Exploraron los pisos debajo de las alfombras?

-Sin duda. Levantamos todas las alfombras y examinamos las planchas con el microscopio.

-¿Y el papel de las paredes?

-Lo mismo.

-¿Miraron en los sótanos?

-Miramos.

-Pues entonces -declaré- se ha equivocado usted en sus cálculos y la carta no está en la casa del ministro.

-Me temo que tenga razón -dijo el prefecto-. Pues bien, Dupin, ¿qué me aconseja usted?

-Revisar de nuevo completamente la casa.

-¡Pero es inútil! -replicó G...-. Tan seguro estoy de que respiro como de que la carta no está en la casa.

-No tengo mejor consejo que darle -dijo Dupin-. Supongo que posee usted una descripción precisa de la carta.

-¡Oh, sí!

Luego de extraer una libreta, el prefecto procedió a leernos una minuciosa descripción del aspecto interior de la carta, y especialmente del exterior. Poco después de terminar su lectura se despidió de nosotros, desanimado como jamás lo había visto antes.

Un mes más tarde nos hizo otra visita y nos encontró ocupados casi en la misma forma que la primera vez. Tomó posesión de una pipa y un sillón y se puso a charlar de cosas triviales. Al cabo de un rato le dije:

-Veamos, G..., ¿qué pasó con la carta robada? Supongo que, por lo menos, se habrá convencido de que no es cosa fácil sobrepujar en astucia al ministro.

-¡El diablo se lo lleve! Volví a revisar su casa, como me lo había aconsejado Dupin, pero fue tiempo perdido. Ya lo sabía yo de antemano.

-¿A cuánto dijo usted que ascendía la recompensa ofrecida? -preguntó Dupin.

-Pues... a mucho dinero... muchísimo. No quiero decir exactamente cuánto, pero eso sí, afirmo que estaría dispuesto a firmar un cheque por cincuenta mil francos a cualquiera que me consiguiese esa carta. El asunto va adquiriendo día a día más importancia, y la recompensa ha sido recientemente doblada. Pero, aunque ofrecieran tres voces esa suma, no podría hacer más de lo que he hecho.

-Pues... la verdad... -dijo Dupin, arrastrando las palabras entre bocanadas de humo-, me parece a mí, G..., que usted no ha hecho... todo lo que podía hacerse. ¿No cree que... aún podría hacer algo más, eh?

-¿Cómo? ¿En qué sentido?

-Pues... puf... podría usted... puf, puf... pedir consejo en este asunto... puf, puf, puf... ¿Se acuerda de la historia que cuentan de Abernethy?

-No. ¡Al diablo con Abernethy!

-De acuerdo. ¡Al diablo, pero bienvenido! Érase una vez cierto avaro que tuvo la idea de obtener gratis el consejo médico de Abernethy. Aprovechó una reunión y una conversación corrientes para explicar un caso personal como si se tratara del de otra persona. «Supongamos que los síntomas del enfermo son tales y cuales -dijo-. Ahora bien, doctor: ¿qué le aconsejaría usted hacer?» «Lo que yo le aconsejaría -repuso Abernethy- es que consultara a un médico.»

-¡Vamos! -exclamó el prefecto, bastante desconcertado-. Estoy plenamente dispuesto a pedir consejo y a pagar por él. De verdad, daría cincuenta mil francos a quienquiera me ayudara en este asunto.

-En ese caso -replicó Dupin, abriendo un cajón y sacando una libreta de cheques-, bien puede usted llenarme un cheque por la suma mencionada. Cuando lo haya firmado le entregaré la carta.

Me quedé estupefacto. En cuanto al prefecto, parecía fulminado. Durante algunos minutos fue incapaz de hablar y de moverse, mientras contemplaba a mi amigo con ojos que parecían salírsele de las órbitas y con la boca abierta. Recobrándose un tanto, tomó una pluma y, después de varias pausas y abstraídas contemplaciones, llenó y firmó un cheque por cincuenta mil francos, extendiéndolo por encima de la mesa a Dupin. Éste lo examinó cuidadosamente y lo guardo en su cartera; luego, abriendo un escritorio, sacó una carta y la entregó al prefecto. Nuestro funcionario la tomó en una convulsión de alegría, la abrió con manos trémulas, lanzó una ojeada a su contenido y luego, lanzándose vacilante hacia la puerta, desapareció bruscamente del cuarto y de la casa, sin haber pronunciado una sílaba desde el momento en que Dupin le pidió que llenara el cheque.

Una vez que se hubo marchado, mi amigo consintió en darme algunas explicaciones.

-La policía parisiense es sumamente hábil a su manera -dijo-. Es perseverante, ingeniosa, astuta y muy versada en los conocimientos que sus deberes exigen. Así, cuando G... nos explicó su manera de registrar la mansión de D..., tuve plena confianza en que había cumplido una investigación satisfactoria, hasta donde podía alcanzar.

-¿Hasta donde podía alcanzar? -repetí.

-Sí -dijo Dupin-. Las medidas adoptadas no solamente eran las mejores en su género, sino que habían sido llevadas a la más absoluta perfección. Si la carta hubiera estado dentro del ámbito de su búsqueda, no cabe la menor duda de que los policías la hubieran encontrado.

Me eché a reír, pero Dupin parecía hablar muy en serio.

-Las medidas -continuó- eran excelentes en su género, y fueron bien ejecutadas; su defecto residía en que eran inaplicables al caso y al hombre en cuestión. Una cierta cantidad de recursos altamente ingeniosos constituyen para el prefecto una especie de lecho de Procusto, en el cual quiere meter a la fuerza sus designios. Continuamente se equivoca por ser demasiado profundo o demasiado superficial para el caso, y más de un colegial razonaría mejor que él. Conocí a uno que tenía ocho años y cuyos triunfos en el juego de «par e impar» atraían la admiración general. El juego es muy sencillo y se juega con bolitas.


Uno de los contendientes oculta en la mano cierta cantidad de bolitas y pregunta al otro: «¿Par o impar?» Si éste adivina correctamente, gana una bolita; si se equivoca, pierde una. El niño de quien hablo ganaba todas las bolitas de la escuela. Naturalmente, tenía un método de adivinación que consistía en la simple observación y en el cálculo de la astucia de sus adversarios. Supongamos que uno de éstos sea un perfecto tonto y que, levantando la mano cerrada, le pregunta: «¿Par o impar?» Nuestro colegial responde: «Impar», y pierde, pero a la segunda vez gana, por cuanto se ha dicho a sí mismo: «El tonto tenía pares la primera vez, y su astucia no va más allá de preparar impares para la segunda vez. Por lo tanto, diré impar.»


Lo dice, y gana. Ahora bien, si le toca jugar con un tonto ligeramente superior al anterior, razonará en la siguiente forma: «Este muchacho sabe que la primera vez elegí impar, y en la segunda se le ocurrirá como primer impulso pasar de par a impar, pero entonces un nuevo impulso le sugerirá que la variación es demasiado sencilla, y finalmente se decidirá a poner bolitas pares como la primera vez. Por lo tanto, diré pares.» Así lo hace, y gana. Ahora bien, esta manera de razonar del colegial, a quien sus camaradas llaman «afortunado», ¿en qué consiste si se la analiza con cuidado?

-Consiste -repuse- en la identificación del intelecto del razonador con el de su oponente.

-Exactamente -dijo Dupin-. Cuando pregunté al muchacho de qué manera lograba esa total identificación en la cual residían sus triunfos, me contestó: «Si quiero averiguar si alguien es inteligente, o estúpido, o bueno, o malo, y saber cuáles son sus pensamientos en ese momento, adapto lo más posible la expresión de mi cara a la de la suya, y luego espero hasta ver qué pensamientos o sentimientos surgen en mi mente o en mi corazón, coincidentes con la expresión de mi cara.» Esta respuesta del colegial está en la base de toda la falsa profundidad atribuida a La Rochefoucauld, La Bruyère, Maquiavelo y Campanella.

-Si comprendo bien -dije- la identificación del intelecto del razonador con el de su oponente depende de la precisión con que se mida la inteligencia de este último.

-Depende de ello para sus resultados prácticos -replicó Dupin-, y el prefecto y sus cohortes fracasan con tanta frecuencia, primero por no lograr dicha identificación y segundo por medir mal -o, mejor dicho, por no medir- el intelecto con el cual se miden. Sólo tienen en cuenta sus propias ideas ingeniosas y, al buscar alguna cosa oculta, se fijan solamente en los métodos que ellos hubieran empleado para ocultarla. Tienen mucha razón en la medida en que su propio ingenio es fiel representante del de la masa; pero, cuando la astucia del malhechor posee un carácter distinto de la suya, aquél los derrota, como es natural. Esto ocurre siempre cuando se trata de una astucia superior a la suya y, muy frecuentemente, cuando está por debajo. Los policías no admiten variación de principio en sus investigaciones; a lo sumo, si se ven apurados por algún caso insólito, o movidos por una recompensa extraordinaria, extienden o exageran sus viejas modalidades rutinarias, pero sin tocar los principios. Por ejemplo, en este asunto de D..., ¿qué se ha hecho para modificar el principio de acción? ¿Qué son esas perforaciones, esos escrutinios con el microscopio, esa división de la superficie del edificio en pulgadas cuadradas numeradas? ¿Qué representan sino la aplicación exagerada del principio o la serie de principios que rigen una búsqueda, y que se basan a su vez en una serie de nociones sobre el ingenio humano, a las cuales se ha acostumbrado el prefecto en la prolongada rutina de su tarea? ¿No ha advertido que G... da por sentado que todo hombre esconde una carta, si no exactamente en un agujero practicado en la pata de una silla, por lo menos en algún agujero o rincón sugerido por la misma línea de pensamiento que inspira la idea de esconderla en un agujero hecho en la pata de una silla?


 Observe asimismo que esos escondrijos rebuscados sólo se utilizan en ocasiones ordinarias, y sólo serán elegidos por inteligencias igualmente ordinarias; vale decir que en todos los casos de ocultamiento cabe presumir, en primer término, que se lo ha efectuado dentro de esas líneas; por lo tanto, su descubrimiento no depende en absoluto de la perspicacia, sino del cuidado, la paciencia y la obstinación de los buscadores; y si el caso es de importancia (o la recompensa magnifica, lo cual equivale a la misma cosa a los ojos de los policías), las cualidades aludidas no fracasan jamás.


Comprenderá usted ahora lo que quiero decir cuando sostengo que si la carta robada hubiese estado escondida en cualquier parte dentro de los límites de la perquisición del prefecto (en otras palabras, si el principio rector de su ocultamiento hubiera estado comprendido dentro de los principios del prefecto) hubiera sido descubierta sin la más mínima duda. Pero nuestro funcionario ha sido mistificado por completo, y la remota fuente de su derrota yace en su suposición de que el ministro es un loco porque ha logrado renombre como poeta. Todos los locos son poetas en el pensamiento del prefecto, de donde cabe considerarlo culpable de un non distributio medii por inferir de lo anterior que todos los poetas son locos.

-¿Pero se trata realmente del poeta? -pregunté-. Sé que D... tiene un hermano, y que ambos han logrado reputación en el campo de las letras. Creo que el ministro ha escrito una obra notable sobre el cálculo diferencial. Es un matemático y no un poeta.

-Se equivoca usted. Lo conozco bien, y sé que es ambas cosas. Como poeta y matemático es capaz de razonar bien, en tanto que como mero matemático hubiera sido capaz de hacerlo y habría quedado a merced del prefecto.

-Me sorprenden esas opiniones -dije-, que el consenso universal contradice. Supongo que no pretende usted aniquilar nociones que tienen siglos de existencia sancionada. La razón matemática fue considerada siempre como la razón por excelencia.

-Il y a à parier -replicó Dupin, citando a Chamfort- que toute idée publique, toute convention reçue est une sottise, car elle a convenu au plus grand nombre. Le aseguro que los matemáticos han sido los primeros en difundir el error popular al cual alude usted, y que no por difundido deja de ser un error. Con arte digno de mejor causa han introducido, por ejemplo, el término «análisis» en las operaciones algebraicas. Los franceses son los causantes de este engaño, pero si un término tiene alguna importancia, si las palabras derivan su valor de su aplicación, entonces concedo que «análisis» abarca «álgebra», tanto como en latín ambitus implica «ambición»; religio, «religión», u homines honesti, la clase de las gentes honorables.

-Me temo que se malquiste usted con algunos de los algebristas de París. Pero continúe.

-Niego la validez y, por tanto, los resultados de una razón cultivada por cualquier procedimiento especial que no sea el lógico abstracto. Niego, en particular, la razón extraída del estudio matemático. Las matemáticas constituyen la ciencia de la forma y la cantidad; el razonamiento matemático es simplemente la lógica aplicada a la observación de la forma y la cantidad. El gran error está en suponer que incluso las verdades de lo que se denomina álgebra pura constituyen verdades abstractas o generales. Y este error es tan enorme que me asombra se lo haya aceptado universalmente. Los axiomas matemáticos no son axiomas de validez general. Lo que es cierto de la relación (de la forma y la cantidad) resulta con frecuencia erróneo aplicado, por ejemplo, a la moral. En esta última ciencia suele no ser cierto que el todo sea igual a la suma de las partes. También en química este axioma no se cumple.


En la consideración de los móviles falla igualmente, pues dos móviles de un valor dado no alcanzan necesariamente al sumarse un valor equivalente a la suma de sus valores. Hay muchas otras verdades matemáticas que sólo son tales dentro de los límites de la relación. Pero el matemático, llevado por el hábito, arguye, basándose en sus verdades finitas, como si tuvieran una aplicación general, cosa que por lo demás la gente acepta y cree. En su erudita Mitología, Bryant alude a una análoga fuente de error cuando señala que, «aunque no se cree en las fábulas paganas, solemos olvidarnos de ello y extraemos consecuencias como si fueran realidades existentes». Pero, para los algebristas, que son realmente paganos, las «fábulas paganas» constituyen materia de credulidad, y las inferencias que de ellas extraen no nacen de un descuido de la memoria sino de un inexplicable reblandecimiento mental.


Para resumir: jamás he encontrado a un matemático en quien se pudiera confiar fuera de sus raíces y sus ecuaciones, o que no tuviera por artículo de fe que x2+px es absoluta e incondicionalmente igual a q. Por vía de experimento, diga a uno de esos caballeros que, en su opinión, podrían darse casos en que x2+px no fuera absolutamente igual a q; pero, una vez que le haya hecho comprender lo que quiere decir, sálgase de su camino lo antes posible, porque es seguro que tratará de golpearlo.

»Lo que busco indicar -agregó Dupin, mientras yo reía de sus últimas observaciones- es que, si el ministro hubiera sido sólo un matemático, el prefecto no se habría visto en la necesidad de extenderme este cheque. Pero sé que es tanto matemático como poeta, y mis medidas se han adaptado a sus capacidades, teniendo en cuenta las circunstancias que lo rodeaban. Sabía que es un cortesano y un audaz intrigant. Pensé que un hombre semejante no dejaría de estar al tanto de los métodos policiales ordinarios. Imposible que no anticipara (y los hechos lo han probado así) los falsos asaltos a que fue sometido.


Reflexioné que igualmente habría previsto las pesquisiciones secretas en su casa. Sus frecuentes ausencias nocturnas, que el prefecto consideraba una excelente ayuda para su triunfo, me parecieron simplemente astucias destinadas a brindar oportunidades a la perquisición y convencer lo antes posible a la policía de que la carta no se hallaba en la casa, como G... terminó finalmente por creer. Me pareció asimismo que toda la serie de pensamientos que con algún trabajo acabo de exponerle y que se refieren al principio invariable de la acción policial en sus búsquedas de objetos ocultos, no podía dejar de ocurrírsele al ministro


Ello debía conducirlo inflexiblemente a desdeñar todos los escondrijos vulgares. Reflexioné que ese hombre no podía ser tan simple como para no comprender que el rincón más remoto e inaccesible de su morada estaría tan abierto como el más vulgar de los armarios a los ojos, las sondas, los barrenos y los microscopios del prefecto. Vi, por último, que D... terminaría necesariamente en la simplicidad, si es que no la adoptaba por una cuestión de gusto personal. Quizá recuerde usted con qué ganas rió el prefecto cuando, en nuestra primera entrevista, sugerí que acaso el misterio lo perturbaba por su absoluta evidencia.

-Me acuerdo muy bien -respondí-. Por un momento pensé que iban a darle convulsiones.

-El mundo material -continuó Dupin- abunda en estrictas analogías con el inmaterial, y ello tiñe de verdad el dogma retórico según el cual la metáfora o el símil sirven tanto para reforzar un argumento como para embellecer una descripción. El principio de la vis inertiæ, por ejemplo, parece idéntico en la física y en la metafísica.


Si en la primera es cierto que resulta más difícil poner en movimiento un cuerpo grande que uno pequeño, y que el impulso o cantidad de movimiento subsecuente se hallará en relación con la dificultad, no menos cierto es en metafísica que los intelectos de máxima capacidad, aunque más vigorosos, constantes y eficaces en sus avances que los de grado inferior, son más lentos en iniciar dicho avance y se muestran más embarazados y vacilantes en los primeros pasos. Otra cosa: ¿Ha observado usted alguna vez, entre las muestras de las tiendas, cuáles atraen la atención en mayor grado?

-Jamás se me ocurrió pensarlo -dije.

-Hay un juego de adivinación -continuó Dupin- que se juega con un mapa. Uno de los participantes pide al otro que encuentre una palabra dada: el nombre de una ciudad, un río, un Estado o un imperio; en suma, cualquier palabra que figure en la abigarrada y complicada superficie del mapa. Por lo regular, un novato en el juego busca confundir a su oponente proponiéndole los nombres escritos con los caracteres más pequeños, mientras que el buen jugador escogerá aquellos que se extienden con grandes letras de una parte a otra del mapa. Estos últimos, al igual que las muestras y carteles excesivamente grandes, escapan a la atención a fuerza de ser evidentes, y en esto la desatención ocular resulta análoga al descuido que lleva al intelecto a no tomar en cuenta consideraciones excesivas y palpablemente evidentes. De todos modos, es éste un asunto que se halla por encima o por debajo del entendimiento del prefecto. Jamás se le ocurrió como probable o posible que el ministro hubiera dejado la carta delante de las narices del mundo entero, a fin de impedir mejor que una parte de ese mundo pudiera verla.

»Cuanto más pensaba en el audaz, decidido y característico ingenio de D..., en que el documento debía hallarse siempre a mano si pretendía servirse de él para sus fines, y en la absoluta seguridad proporcionada por el prefecto de que el documento no se hallaba oculto dentro de los límites de las búsquedas ordinarias de dicho funcionario, más seguro me sentía de que, para esconder la carta, el ministro había acudido al más amplio y sagaz de los expedientes: el no ocultarla.

»Compenetrado de estas ideas, me puse un par de anteojos verdes, y una hermosa mañana acudí como por casualidad a la mansión ministerial. Hallé a D... en casa, bostezando, paseándose sin hacer nada y pretendiendo hallarse en el colmo del ennui. Probablemente se trataba del más activo y enérgico de los seres vivientes, pero eso tan sólo cuando nadie lo ve.

»Para no ser menos, me quejé del mal estado de mi vista y de la necesidad de usar anteojos, bajo cuya protección pude observar cautelosa pero detalladamente el aposento, mientras en apariencia seguía con toda atención las palabras de mi huésped.

»Dediqué especial cuidado a una gran mesa-escritorio junto a la cual se sentaba D..., y en la que aparecían mezcladas algunas cartas y papeles, juntamente con un par de instrumentos musicales y unos pocos libros. Pero, después de un prolongado y atento escrutinio, no vi nada que procurara mis sospechas.

»Dando la vuelta al aposento, mis ojos cayeron por fin sobre un insignificante tarjetero de cartón recortado que colgaba, sujeto por una sucia cinta azul, de una pequeña perilla de bronce en mitad de la repisa de la chimenea. En este tarjetero, que estaba dividido en tres o cuatro compartimentos, vi cinco o seis tarjetas de visitantes y una sola carta. Esta última parecía muy arrugada y manchada. Estaba rota casi por la mitad, como si a una primera intención de destruirla por inútil hubiera sucedido otra. Ostentaba un gran sello negro, con el monograma de D... muy visible, y el sobrescrito, dirigido al mismo ministro revelaba una letra menuda y femenina. La carta había sido arrojada con descuido, casi se diría que desdeñosamente, en uno de los compartimentos superiores del tarjetero.

»Tan pronto hube visto dicha carta, me di cuenta de que era la que buscaba. Por cierto que su apariencia difería completamente de la minuciosa descripción que nos había leído el prefecto. En este caso el sello era grande y negro, con el monograma de D...; en el otro, era pequeño y rojo, con las armas ducales de la familia S... El sobrescrito de la presente carta mostraba una letra menuda y femenina, mientras que el otro, dirigido a cierta persona real, había sido trazado con caracteres firmes y decididos. Sólo el tamaño mostraba analogía. Pero, en cambio, lo radical de unas diferencias que resultaban excesivas; la suciedad, el papel arrugado y roto en parte, tan inconciliables con los verdaderos hábitos metódicos de D..., y tan sugestivos de la intención de engañar sobre el verdadero valor del documento, todo ello, digo sumado a la ubicación de la carta, insolentemente colocada bajo los ojos de cualquier visitante, y coincidente, por tanto, con las conclusiones a las que ya había arribado, corroboraron decididamente las sospechas de alguien que había ido allá con intenciones de sospechar.

»Prolongué lo más posible mi visita y, mientras discutía animadamente con el ministro acerca de un tema que jamás ha dejado de interesarle y apasionarlo, mantuve mi atención clavada en la carta. Confiaba así a mi memoria los detalles de su apariencia exterior y de su colocación en el tarjetero; pero terminé además por descubrir algo que disipó las últimas dudas que podía haber abrigado. Al mirar atentamente los bordes del papel, noté que estaban más ajados de lo necesario. Presentaban el aspecto típico de todo papel grueso que ha sido doblado y aplastado con una plegadera, y que luego es vuelto en sentido contrario, usando los mismos pliegues formados la primera vez. Este descubrimiento me bastó. Era evidente que la carta había sido dada vuelta como un guante, a fin de ponerle un nuevo sobrescrito y un nuevo sello. Me despedí del ministro y me marché en seguida, dejando sobre la mesa una tabaquera de oro.

»A la mañana siguiente volví en busca de la tabaquera, y reanudamos placenteramente la conversación del día anterior. Pero, mientras departíamos, oyóse justo debajo de las ventanas un disparo como de pistola, seguido por una serie de gritos espantosos y las voces de una multitud aterrorizada. D... corrió a una ventana, la abrió de par en par y miró hacia afuera. Por mi parte, me acerqué al tarjetero, saqué la carta, guardándola en el bolsillo, y la reemplacé por un facsímil (por lo menos en el aspecto exterior) que había preparado cuidadosamente en casa, imitando el monograma de D... con ayuda de un sello de miga de pan.

»La causa del alboroto callejero había sido la extravagante conducta de un hombre armado de un fusil, quien acababa de disparar el arma contra un grupo de mujeres y niños. Comprobóse, sin embargo, que el arma no estaba cargada, y los presentes dejaron en libertad al individuo considerándolo borracho o loco. Apenas se hubo alejado, D... se apartó de la ventana, donde me le había reunido inmediatamente después de apoderarme de la carta. Momentos después me despedí de él. Por cierto que el pretendido lunático había sido pagado por mí.»

-¿Pero qué intención tenía usted -pregunté- al reemplazar la carta por un facsímil? ¿No hubiera sido preferible apoderarse abiertamente de ella en su primera visita, y abandonar la casa?

-D... es un hombre resuelto a todo y lleno de coraje -repuso Dupin-. En su casa no faltan servidores devotos a su causa. Si me hubiera atrevido a lo que usted sugiere, jamás habría salido de allí con vida. El buen pueblo de París no hubiese oído hablar nunca más de mí. Pero, además, llevaba una segunda intención. Bien conoce usted mis preferencias políticas. En este asunto he actuado como partidario de la dama en cuestión. Durante dieciocho meses, el ministro la tuvo a su merced. Ahora es ella quien lo tiene a él, pues, ignorante de que la carta no se halla ya en su posesión, D... continuará presionando como si la tuviera. Esto lo llevará inevitablemente a la ruina política. Su caída, además, será tan precipitada como ridícula. Está muy bien hablar del facilis descensus Averni; pero, en materia de ascensiones, cabe decir lo que la Catalani decía del canto, o sea, que es mucho más fácil subir que bajar. En el presente caso no tengo simpatía -o, por lo menos, compasión- hacia el que baja. D... es el monstrum horrendum, el hombre de genio carente de principios. Confieso, sin embargo, que me gustaría conocer sus pensamientos cuando, al recibir el desafío de aquélla a quien el prefecto llama «cierta persona», se vea forzado a abrir la carta que le dejé en el tarjetero.

-¿Cómo? ¿Escribió usted algo en ella?

-¡Vamos, no me pareció bien dejar el interior en blanco!

Hubiera sido insultante. Cierta vez, en Viena, D... me jugó una mala pasada, y sin perder el buen humor le dije que no la olvidaría. De modo que, como no dudo de que sentirá cierta curiosidad por saber quién se ha mostrado más ingenioso que él, pensé que era una lástima no dejarle un indicio. Como conoce muy bien mi letra, me limité a copiar en mitad de la página estas palabras:

...Un dessein si funeste, S’il n’est digne d’Atrée, est digne de Thyeste.

»Las hallará usted en el Atrée de Crébillon.»



autor: Edgar Allan Poe

16/11/09

EL CHIVATAZO A ETA EN EL FAISAN SIGUE.....

El 'chivatazo' a ETA se planificó desde Madrid la noche anterior



El 'chivatazo' a ETA se planificó desde Madrid la noche anterior
  J. Mesquida (c) y el director adjunto operativo de la Policía, M. Á. Fdez-Chico (d).



Una vez identificados los supuestos autores del ‘chivatazo’ a ETA, los investigadores rastrearon las llamadas entre ellos y con otras personas para concluir en sus informes al juez que la filtración se planificó la noche anterior desde Madrid, tras un cúmulo de imprecisiones en la cadena de mando de los servicios antiterroristas de la Policía.


Tras llegar por el cruce de llamadas registradas el día 4 de mayo a la hipótesis de que José María B, inspector de Vitoria, entregó a Elosúa el teléfono a través del cual Enrique Pamies, jefe superior de Policía del País Vasco, le informó de la operación en marcha, y de que éste actuó por orden o sugerencia de Víctor García Hidalgo, director general de la Policía, los investigadores chequearon las llamadas de los tres sospechosos la tarde-noche del día 3 en busca de nuevas pistas. Fue así como determinaron que a las 21,48 horas, cuando el operativo para el día siguiente ya estaba ultimado, el director general de la Policía habló durante once minutos con el Comisario General de Información, Telesforo Rubio, y acto seguido telefoneó al jefe superior del País Vasco, con quien habló por espacio de 28 minutos. Éste a su vez, comunicó con Víctor García Hidalgo en otras dos ocasiones esa misma noche, a las 22,43 y a las 23,20 horas, por espacio de 17 minutos.



Finalmente, a las 00,06 horas, ya del 4 de mayo, el jefe superior habló durante dos minutos con el inspector de Vitoria. Previamente a todas estas comunicaciones el jefe superior había mantenido numerosos contactos con varios funcionarios de la comisaría de San Sebastián que estaban al tanto del dispositivo policial organizado para el día siguiente y con el jefe de la Brigada de Francia, que desarrolla su trabajo en el país vecino y no depende jerárquicamente de él, sino de la Comisaría General de Información.


Esta secuencia llevó al equipo policial a las órdenes del juez Garzón a concluir que tan pronto como Víctor García Hidalgo tuvo conocimiento de las detenciones que iban a tener lugar al día siguiente, entre ellas la del dirigente del PNV Gorka Aguirre, pidió a Enrique Pamies que abortara la operación dadas las consecuencias políticas que podía tener la misma, justo el día en que el presidente del PNV, Josu Jon Imaz, se reunía en La Moncloa con el presidente Rodríguez Zapatero para trasladarle el apoyo de su partido al proceso de paz en marcha. El jefe superior, a su vez, habría telefoneado al inspector de Vitoria para encomendarle que contactara con Elosua en su domicilio para alertarle.


Cadena de mando



Los investigadores sostienen que el jefe superior de Policía siempre informaba de los operativos en marcha al entonces subdirector general Operativo y hoy director general adjunto de la Policía, Miguel Ángel Fernández-Chico, con quien, sin embargo, no habló la tarde-noche del día 3 ni durante todo el día 4 de mayo pese a la relevancia de la operación que se iba a llevar a cabo al día siguiente.


Tampoco lo hizo con el delegado del Gobierno ni con su asesor, otras dos personas a las que igualmente informaba de manera habitual de las novedades. Las únicas comunicaciones esa noche fueron con el director general de la Policía, saltándose el conducto reglamentario establecido, lo que supone un indicio más para sustentar su hipótesis sobre la autoría del ‘chivatazo’, siempre según la información aportada al juez.


En cambio, cuando finalmente se llevó a cabo la operación contra la red de El Faisán, el 20 de junio, el jefe superior si habló en varias ocasiones con su inmediato superior, Fernández-Chico, tanto la noche anterior como el día de los hechos y ese día también lo hizo con el delegado del Gobierno. Curiosamente, ese día no efectuó ninguna llamada al director general de la Policía.


Los investigadores aportan un elemento más para dar consistencia a su hipótesis incriminatoria: una conversación telefónica mantenida meses después, el 19 de agosto de 2006, por el jefe superior con un periodista de su confianza a través de su móvil, que en ese momento ya estaba intervenido por orden judicial. El contenido de la misma fue como sigue:

Periodista.- ¿La operación llevaba muchos meses, no? (se refiere a la operación contra El Faisán)


Jefe Superior de Policía.- Sí, la operación llevaba muchos meses, pero lo de tirar yo me entero la tarde de antes, pero la tarde de antes, porque me llama (da el nombre de un policía) y me dice, oye, que necesito UIP (se refiere a las Unidades de Intervención Policial que se iban a encargar de registrar el coche de José Antonio Cau en la frontera, cuando regresara a Francia tras recoger el dinero de la extorsión).
Periodista.- Ah…


Jefe Superior de Policía.- Y le dije, ¿para qué quieres, para extranjería?... ¿vas a hacer un control de extranjería?, y me dice que no, que parece ser que estos de Madrid van a tirar, y digo, ¿de qué cojones van a tirar?, y dice, no sé, son los de economía (se refiere los encargados de investigar las finanzas de ETA), me imagino que será lo del Faisán, pero no han dicho ni mú…”
 



La intervención de las UIP había sido requerida a las 22,13 horas de la noche del 3 de mayo por el jefe de la Brigada de Información de San Sebastián al jefe provincial, minutos después de que el responsable de la operación contra la red de extorsión, Carlos G., encargado posteriormente de la investigación del ‘chivatazo’, le hubiera puesto a él al tanto de la misma. El jefe provincial, a su vez, telefoneó acto seguido al jefe superior de Policía.



Las fuentes policiales consultadas aseguran que la operación contra El Faisán podría haberse pospuesto para evitar las coincidencias señaladas, sin que por ello se hubiese resentido su eficacia. Se habría tratado de un simple cambio de fechas. De hecho, como ya se ha dicho, la operación se llevó finalmente a cabo con éxito el 20 de junio con la detención de doce personas a ambos lados de la frontera. Un error en el traslado de la información a la cadena de mando habría desencadenado un cúmulo de despropósitos que llevó al ‘chivatazo’ como única forma de parar la operación en marcha.


Se pone en marcha la “operación Urogallo”


El responsable español del Equipo Conjunto de Investigación (ECI), Carlos G., comunicó la mañana del 3 de mayo a su jefe, el comisario José C., su intención de poner en marcha la operación si, como se esperaba, Gorka Aguire entregaba esa tarde el dinero del chantaje a un empresario nacionalista a Joseba Elosua y Ramón Sagarzazu, con los que había concertado una cita en una sidrería de la localidad guipuzcoana de Oyarzun, y al día siguiente el etarra José Antonio Cau cruzaba la frontera para recoger el dinero en El Faisán.


Ambos policías informaron de su decisión al entonces máximo responsable de la Comisaría General de Información, el comisario Telesforo Rubio, quien ordenó que se trasladara toda la información al juez Fernando Grande-Marlaska, que coordinaba las investigaciones.


El entonces titular del juzgado central de Instrucción número 5 emplazó a los agentes a una segunda reunión a las 17 horas de la tarde, ya con la presencia en la Audiencia Nacional de magistrado de enlace francés, para coordinar con la jueza Laurence Levert y los policías franceses la operación en Francia. El dispositivo quedó cerrado esa misma tarde, acordando que la operación se llevaría a cabo si, tal y como se sospechaba, José Antonio Cau cruzaba la frontera y se reunía con Elosúa.


De regreso a Francia, el etarra sería sometido en la frontera a un control aparentemente rutinario por las UIP para comprobar si llevaba el dinero, y si el resultado era positivo se procedería a su detención y se pondría en marcha la operación a ambos lados de la frontera, siempre según datos de la investigación incorporados a la causa.


José Antonio Cau no cruzó la frontera avisado por Joseba Elosúa, que había sido alertado a su vez por un interlocutor anónimo de la operación en marcha, circunstancia que en ese momento aún no había trascendido. El inesperado viaje de Elosúa y su yerno, Carmelo Luquin, a Francia obligó a trasladar el arranque de la operación al país vecino siempre y cuando se produjera la entrega del dinero. En el trayecto Elosúa informó a su yerno de lo que acababa de ocurrirle, y el micrófono instalado en el vehículo puso al descubierto el ‘chivatazo’.


La Policía francesa se niega a intervenir




El encuentro entre Cau, Elosua y Luquin en Bayona, donde reside el primero, fue controlado por los agentes del ECI que se encontraban en dicha localidad pendientes de los movimientos del miembro de la red de extorsión en Francia. Éstos observaron como Elosua le entregaba unos periódicos y unos sobres, en los que pensaron iba el dinero cobrado a Gorka Aguirre el día anterior. Sin embargo, los policías franceses se negaron a activar la operación si antes no tenían autorización de la División Nacional Antiterrorista (DNAT) de París, lo que no ocurrió.


Los miembros del equipo de investigación de Garzón creen que el comisario jefe de la Brigada de Francia les pidió que no interviniera siguiendo instrucciones del jefe superior. Una conclusión a la que llegan tras comprobar que cruzó dieciséis llamadas con el mismo entre la noche del 3 de mayo y la noche del 4 de mayo, pese a no depender funcionalmente de él ni tener ninguna responsabilidad en la operación policial en marcha. Esta persona no ha sido imputada por el juez, como tampoco lo ha sido una inspectora de la comisaría de San Sebastián que habría mantenido continuamente informado al jefe superior de todo lo que ocurría en relación con el dispositivo, al margen de su jefe de brigada y saltándose el conducto reglamentario.


El juez Garzón no comparte esta deducción, como se desprende del hecho de que tan sólo hayan prestado declaración como testigos.

La pasividad francesa provocó un fuerte enfrentamiento entre el responsable español del ECI, Carlos G.,que se encontraba en el despacho del juez Grande-Marlaska siguiendo todo el operativo, y su homólogo francés, Pascal B. Según explica el propio Carlos G. en un comunicado difundido el pasado día 19, “a la hora en que se produjo la delación yo me hallaba junto a dos inspectores de mi sección sentado frente al juez Marlaska en su despacho del juzgado repasando las últimas novedades operativas de la tarde anterior (…) haciendo lo imposible para que la Policía francesa detuviera a Elosúa y a Cau en Bayona.


Gestiones tanto del juez como mías que sorprendentemente no fructificaron y que provocaron una tensa discusión con los franceses”. El inspector afirma que el enfrentamiento hizo que sus superiores le reprendieran “por poner en peligro las relaciones bilaterales”.



Lea las anteriores entregas de El Caso Faisán:


AGR***


--Si la justicia deja este tema en el olvido, ya si que los españoles cualquier día les mandaremos a TODOS, a freir espárragos en las urnas. A los unos por hacerlo, y a los mansos de la oposición, por no EXIGIR, pero no con la boca pequeña, de VERDAD, que se les juzgue por ello y paguen como cualquier ciudadano sin patente de corso.


angelina

13/11/09

¿EN QUE PUNTO SE ENCUENTRAN LOS SECUESTRADOS DEL ALAKRANA?

De la Vega y Chacón protagonizan la primera gran división en el Gobierno por la crisis del 'Alakrana'

De la Vega y Chacón protagonizan la primera gran división en el Gobierno por la crisis del 'Alakrana'

La ministra de Defensa, Carme Chacón (i), junto a Mª Teresa Fernández de la Vega, durante la reunión de seguimiento del secuestro.


@Alberto Mendoza.- 13/11/2009 06:00h  confidencial.com



María Teresa Fernández de la Vega y Carme Chacón están protagonizando, a raíz de la crisis del ‘Alakrana’, la primera gran división en el Gobierno de José Luis Rodíguez Zapatero. La vicepresidenta primera tuvo que soportar ayer dos ácidas filtraciones desde Defensa, que le acusaban de haber impuesto su criterio para detener a los piratas y trasladarlos a España. Una información que el Ministerio que dirige Chacón se apresuró a desmentir con un escueto comunicado en el que afirmaba que “la célula de coordinación formada tras el secuestro del pesquero asumió esta decisión por unanimidad”.
Fuentes de Moncloa dieron ayer por cerrada la polémica con Defensa y, remitiéndose al desmentido oficial, negaron que exista algún problema con el departamento de Chacón. Sin embargo, esta no es la primera vez que se produce una colisión entre estas dos destacadas figuras del Ejecutivo. La pugna por control sobre el CNI, los rumores sobre un ascenso de Chacón a la vicepresidencia y episodios como el anuncio de la retirada de las tropas de Kosovo han tensado las relaciones entre ambas.

De la Vega tuvo que afrontar ayer un torrente de informaciones críticas que la responsabilizan del enredo judicial de los piratas. La presidencia de la Audiencia Nacional aclaró que ningún juez había reclamado la competencia sobre el caso, y que Baltasar Garzón actuó sólo como respuesta a la denuncia de la Abogacía del Estado. Asimismo, el tribunal matizó que Garzón desconocía que el Gobierno hubiese planeado enviar a los piratas a Kenia, una idea de Chacón que, según El Mundo, De la Vega rechazó.

La Cadena Ser cargó también contra la vicepresidenta al asegurar que Moncloa había ordenado apresar a los dos piratas, pese a que un informe de la inteligencia militar lo desaconsejaba por su impacto negativo sobre las negociaciones. Defensa negó esta información y señaló al jefe del Estado Mayor de la Defensa como responsable de la captura de los secuestradores, “a la luz de los diversos informes que tenía en su haber”.

Un conjunto de informaciones, comunicados y desmentidos que desde Moncloa se tacharon de “barullo”, pero que ha convertido a De la Vega en protagonista de las contradicciones gubernamentales en torno al secuestro del atunero. Mientras, Chacón ha sido relevada por Miguel Ángel Moratinos como portavoz del Gabinete de Crisis, pasando así a un segundo plano en la resolución de la crisis. Un cambio en la cara visible de la célula de seguimiento que se produjo después de que varios miembros del Gobierno mostraran su enfado por que la vicepresidenta se hubiera marchado el fin de semana a Argentina, en lugar de permanecer en Madrid presidiendo personalmente el gabinete.

Pugna en el seno del Ejecutivo

Uno de los principales focos de tensión entre De la Vega y Chacón ha sido el CNI, donde la vicepresidenta consiguió revalidar en su cargo al controvertido Alberto Saiz. Apenas 77 días después, con los servicios de inteligencia divididos y envuelto en sospechas de corrupción, Saiz tuvo que dejar el puesto. En principio, Chacón es la ministra responsable del CNI, pero en la práctica Saiz despachaba con Moncloa y ninguneaba a la titular de Defensa. Sin embargo, el fracaso de la reelección de Saiz tampoco permitió a Chacón elegir a un nuevo director a su medida, puesto que el elegido fue Félix Sanz Roldán, un hombre de la confianza de Zapatero y José Bono.

El envío y retirada de tropas es otra materia en que ha fallado la coordinación del Gobierno. El pasado abril, Chacón y Moratinos chocaron por anunciar “en exclusiva” el refuerzo de militares en Afganistán para entrenar a las fuerzas armadas locales. Ambos dejaron a De la Vega en evidencia ante los periodistas, que tuvo que aclarar lo sucedido con sus colegas y responder por las críticas de falta de coordinación, una de sus competencias en el Gobierno. Tan sólo unos días antes, la titular de Defensa había anunciado por su cuenta la retirada de las tropas de Kosovo, irritando al resto del Ejecutivo. Más tarde, al igual que sucedió ayer, Chacón aseguro que se trataba de una decisión de “todo el Gobierno”.

Por otra parte, la disputa entre Chacón y De la Vega tiene lugar también en el plano de la popularidad, ya que ambas pugnan por ser el miembro más reconocido del Gobierno. Según el último barómetro del CIS, la vicepresidenta obtiene como nota un 4,63, mientras que la ministra alcanza un 4,73, sólo a 4 décimas de Alfredo Pérez Rubalcaba, el mejor valorado en octubre. Además, ambas son dos de las políticas más famosas, ya que sólo el 10,2% dice no conocer a De la Vega, por un 15,2% que no sabe quién es Chacón.


AGR***

--Mientras tanto, el poblema generado por unos u otros que mandaron a los piratas a la cárcel en España, en lugar de enviarlos a su país en el primero momento para que se les juzgara allí, tenemos un silencio total d la realidad que acontece en el atunero con los españoles secuestrados amenazados como se ha informad antes de matar.

Por lo que parece, digo parece porque no creo una sola palabra de los que diga este desgobierno, Carmen Chacón optaba por esta teoría, y ha sido de la Vega, o su mano derecha quien según informan es quien ha mandado a los piratas a la cárcel española.

Mirad los videos más recientes..¿Que les habrán dicho de nuevo, que se cierran en banda , ahora a declarar? Si el contenido de las conversaciones con Zapatero es para tranquilizarlas, o bien para no alarmar más a la sociedad....

¿Cual es la verdad, y en que condiciones se deben encontrar en estos momentos?  silencio........








ANGELINA GOMEZ RUEDA